Ya te había escuchado decirlo más de treinta veces. O al menos ya había predecido que un día bajo la lluvia ibas a gritarlo en mi nombre y pretender que te fuera correspondido. Sé que todavía no lo dijiste, pero lo puedo imaginar. Estás ahí, deslumbrándome, empapándote y esperando que me arrastre entre las baldosas para tomarte de las manos, mirarte a los ojos y que un absurdo "yo también" salga de mi boca como vómito de flores. El paso siguiente sería abrazarnos, bailar y cantar. Y que no te importe que el maquillaje se me haya corrido o que el pelo esté en pleno proceso de emancipación.
Lo siento, ya te escuché. Y te advertí antes de que lo sepas que no sabías lo que decías.
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